La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Como usted puede imaginar, todo aquello lo pagaba el dinero del duque, y aun así de cuando en cuando Prudence me pedía un billete de mil francos, de parte de Marguerite según decía. Ya sabe usted que yo había ganado algo en el juego; así que me apresuré entregar a Prudence lo que Marguerite me pedía a través de ella por temor a que necesitara más de lo que yo tenía, me vine a París a pedir prestada una cantidad igual a la que ya me habían prestado antaño y que había devuelto puntualmente.
Así pues, otra vez me encontré en posesión de unos diez mil francos, sin contar mi pensión.