La Dama de las Camelias

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Sin embargo, el placer que experimentaba Marguerite recibiendo a sus amigas se apaciguó un poco ante los gastos a los que aquel placer la arrastraba, y sobre todo ante la necesidad en que a veces se veía de pedirme dinero. El duque, que había alquilado aquella casa para que Marguerite descansara, no aparecía por allí, temiendo siempre encontrarse con una alegre y numerosa compañía de la que no quería dejarse ver. Ello se debía sobre todo a que, habiendo ido un día para cenar a solas con Marguerite, cayó en medio de una comida de quince personas, que aún no habían terminado a la hora en que él esperaba sentarse a la mesa para cenar. Cuando, sin sospechar nada, abrió la puerta de la sala del comedor, una carcajada general acogió su entrada, y se vio obligado a retirarse bruscamente ante la impertinente alegría de las chicas que se encontraban allí.

Marguerite se levantó de la mesa, fue a buscar al duque a la habitación contigua a intentó, dentro de lo posible, hacerle olvidar aquella aventura; pero el anciano, herido en su amor propio, le guardó rencor: le dijo con bastante crueldad a la pobre chica que estaba harto de pagar las locuras de una mujer que ni siquiera era capaz de hacer que lo respetasen en su casa, y se marchó muy encolerizado.



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