La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Desde aquel día no volvimos a oír hablar de él. Aunque Marguerite despidió a sus invitados y cambió de costumbres, el duque no volvió a dar señales de vida. Con ello yo había salido ganando que mi amante me perteneciera más completamente y que mi sueño se realizara al fin. Marguerite no podía pasarse sin mí. Sin preocuparse de las consecuencias, proclamaba públicamente nuestras relaciones, y yo llegué a no salir ya de su casa. Los criados me llamaban el señor, y me miraban oficialmente como a su amo.
Prudence le echó buenos sermones a Marguerite a propósito de aquella nueva vida; pero ella le había respondido que me quería, que no podía vivir sin mí y que, pasara lo que pasase, no renunciaría a la felicidad de tenerme a su lado sin cesar, añadiendo que todos aquellos a los que no les gustara eran muy libres de no volver.
Eso fue lo que oí un día en que Prudence dijo a Marguerite que tenía algo muy importante que decirle, mientras yo escuchaba a puerta de la habitación donde se habían encerrado.
Poco tiempo después Prudence volvió.
Yo estaba al fondo del jardín cuando ella entró; no me vio. Por la forma de salir Marguerite a su encuentro, sospeché que iba tener lugar una conversación parecida a la que ya había sorprendido, y quise oírla como la otra.