La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Las dos mujeres se encerraron en un gabinete y yo me puse escuchar.
—¿Qué pasa? —preguntó Marguerite.
—¡Qué va a pasar! Que he visto al duque.
—¿Qué le ha dicho?
—Que le perdona de buen grado la primera escena, pero que ha enterado de que vive usted públicamente con el señor Armar Duval y que eso no se lo perdona. «Que Marguerite deje a e hombre —me ha dicho—, y le daré todo lo que quiera como ante si no, tendrá que renunciar a pedirme ni una cosa más».
—¿Qué ha respondido usted?
—Que le comunicarÃa su decisión, y le he prometido hacer entrar en razón. Piense, hija mÃa, en la posición que pierde y que nunca podrá darle Armand. El la quiere con toda el alma, pero tiene bastante fortuna para hacer frente a todas las necesidades usted, y un dÃa no le quedará más remedio que abandonarlo cuando ya sea demasiado tarde y el duque no quiera hacer mi por usted. ¿Quiere que hable con Armand?
Marguerite parecÃa reflexionar, pues no respondÃa. El corazón me latÃa violentamente mientras esperaba su respuesta.