La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —No —repuso—, no dejaré a Armand, y no me ocultaré para vivir con él. Quizá sea una locura, ¡pero lo amo!, ¿qué quiere usted? Y además, ahora que se ha acostumbrado a amarme sin obstáculos, sufrirÃa demasiado si se viera obligado a abandonarme aunque no fuera más que una hora al dÃa. Por otra parte, no me queda tanto tiempo que vivir como para convertirme en una desgraciada y hacer la voluntad de un viejo cuya sola vista me hace envejecer. Que se guarde su dinero; me pasaré sin él.
—¿Pero cómo va a arreglárselas?
—No lo sé.
Prudence iba sin duda a responder algo, pero entré bruscamente y corrà a arrojarme a los pies de Marguerite, bañando sus manos en las lágrimas que me hacÃa derramar la alegrÃa de verme amado.
—Mi vida es tuya, Marguerite, no necesitas a ese hombre. ¿No estoy yo aquÃ? ¿Cómo podré abandonarte nunca ni pagarte suficientemente la felicidad que me proporcionas? Nada de coacciones, Marguerite mÃa. ¡Nos queremos! ¿Qué nos importa lo demás?
—¡SÃ, sÃ, lo quiero, Armand mÃo! —murmuró enlazando sus brazos en torno a mi cuello—. Te quiero como nunca creà que pudiera querer. Seremos felices, viviremos tranquilos y daré un adiós eterno a esa vida de que ahora me avergüenzo. Nunca me reprocharás el pasado, ¿verdad?