La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Las lágrimas velaban mi voz. Sólo pude responder estrechando a Marguerite contra mi corazón.
—Vamos —dijo con voz conmovida, volviéndose hacia Prudence—, cuéntele esta escena al duque y añada que no lo necesitamos.
Desde aquel dÃa ya no se habló más del duque. Tampoco Marguerite era la chica que yo habÃa conocido. Evitaba todo lo que pudiera recordarme la vida en medio de la cual la habÃa encontrado. Nunca mujer, nunca hermana tuvo con su esposo o con su hermano el amor y los cuidados que ella tenÃa conmigo. Aquella naturaleza enfermiza estaba abierta a todas las impresiones, era accesible a todos los sentimientos. HabÃa roto con sus amigas como con sus costumbres, con su lenguaje como con los gastos de otro tiempo. Cuando nos veÃan salir de la casa para ir a darnos un paseo en una encantadora barquilla que yo habÃa comprado, nadie hubiera creÃdo que aquella mujer vestida de blanco, cubierta con un gran sombrero de paja y con un sencillo ropón de seda al brazo para protegerse del frescor del agua era Marguerite Gautier, la misma que cuatro meses antes armaba tanto jaleo con su lujo y sus escándalos.
¡Ay! Nos dábamos prisa a ser felices, como si hubiéramos adivinado que no podÃamos serlo mucho tiempo.