La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Hacía dos meses que ni siquiera íbamos a París. Nadie había ido a vernos, excepto Prudence y esa Julie Duprat de que le he hablado y a quien Marguerite entregaría más tarde el conmovedor relato que tengo aquí.
Me pasaba días enteros a los pies de mi amante. Abríamos las ventanas que daban al jardín y, mirando cómo el verano se dejaba caer gozosamente en las flores que había hecho brotar y bajo la sombra de los árboles, respirábamos uno al lado de otro aquella vida auténtica que ni Marguerite ni yo habíamos comprendido hasta entonces.
Aquella mujer se asombraba como una niña por las más pequeñas cosas. Había días en que corría por el jardín, como una cría de diez años, detrás de una mariposa o de un caballito del diablo. Aquella cortesana, que había hecho gastar en ramos de flores más dinero del que necesitaría toda una familia para vivir en la alegría, a veces se sentaba sobre el césped, durante una hora, para examinar la sencilla flor cuyo nombre llevaba.
Fue por entonces cuando leyó con tanta frecuencia Manon Lescaut. Muchas veces la sorprendí escribiendo notas en el libro: no dejaba de decirme que, cuando una mujer ama, no puede hacer lo que Manon hacía.
El duque le escribió dos o tres veces. Conoció la letra y me dio las camas sin leerlas.