La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Vámonos, si eso te agrada, Marguerite; vamos a hacer un viaje —le dije—; pero ¿qué necesidad tienes de vender cosas que estarás contenta de encontrar a tu regreso? No tengo una fortuna lo suficientemente grande para aceptar un sacrificio semejante, pero tengo bastante para que podamos viajar a lo grande durante cinco o seis meses, si eso te divierte de algún modo.
—Mejor no —continuó, retirándose de la ventana y yendo a sentarse al canapé en la penumbra de la habitación—. ¿A qué ir a gastar dinero allá? Ya te cuesto bastante aquÃ.
—Estás echándomelo en cara, Marguerite, y eso no es generoso.
—Perdón, amigo mÃo —dijo, tendiéndome la mano—; este tiempo de tormenta me pone nerviosa; no digo lo que quiero decir.
Y, después de besarme, cayó en una profunda ensoñación.
Muchas veces ocurrieron escenas semejantes y, aunque ignoraba lo que las originaba, no por ello dejaba de sorprender en Marguerite un sentimiento de inquietud ante el futuro. Ella no podÃa dudar de mi amor, pues cada dÃa aumentaba, y sin embargo a menudo la veÃa triste, sin que nunca me diera otra explicación del motivo de sus tristezas que no fuera por causas fÃsicas.