La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Temiendo que se cansara de una vida excesivamente monótona, le proponía volver a París, pero ella rechazaba siempre aquella propuesta y me aseguraba que no podía ser en ninguna parte tan feliz como en el campo.

Prudence ya sólo venía raras veces, pero en cambio escribía camas que nunca pedí que me enseñara, aunque siempre sumieran a Marguerite en una profunda preocupación. No sabía qué imaginar.

Un día Marguerite se quedó en su habitación. Entré. Estaba escribiendo.

—¿A quién escribes? —le pregunté.

—A Prudence. ¿Quieres que te lea lo que le escribo?

Yo tenía horror a todo lo que pudiera parecer sospecha, y así respondí a Marguerite que no necesitaba saber lo que escribía; y, sin embargo, tenía la certeza de que aquella carta me hubiera revelado la verdadera causa de sus tristezas.

Al día siguiente hacía un tiempo soberbio. Marguerite me propuso ir a dar un paseo en barco y visitar la isla de Croissy. Parecía muy alegre; eran las cinco cuando volvimos.

—Ha venido la señora Duvernoy —dijo Nanine al vernos entrar.

—¿Se ha ido ya? —preguntó Marguerite.

—Sí, en el coche de la señora; ha dicho que ya lo sabía usted.


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