La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—Muy bien —dijo vivamente Marguerite—; que sirvan la mesa.

Dos días después llegó una carta de Prudence, y durante quince días Marguerite pareció haber roto con sus misteriosas melancolías, por las que no dejaba de pedirme perdón desde que habían dejado de existir.

Sin embargo el coche no volvía.

—¿A qué se debe que Prudence no te devuelva tu cupé? —le pregunté un día.

Uno de los dos caballos está enfermo y hay que hacer uno arreglos en el coche. Más vale que lo hagan todo mientras estamos aquí, donde no necesitamos el coche, que esperar a que volvamos a París.

Unos días después vino a vernos Prudence y me confirmó lo que había dicho Marguerite.

Las dos mujeres se pasearon solas por el jardín y, cuando fui reunirme con ellas, cambiaron de conversación.

Por la noche, al irse, Prudence se quejó del frío, y rogó Marguerite que le prestase un chal de cachemira.

Así pasó un mies, durante el cual Marguerite estuvo más alegre y más amorosa que nunca.


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