La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Sin embargo el coche no volvió, el chal de cachemira no fui devuelto, todo lo cual me intrigaba sin querer, y, como yo sabía en qué cajón guardaba Marguerite las camas de Prudence, aproveché un momento en que estaba al fondo del jardín, corrí al cajón i intenté abrirlo; pero fue en vano: estaba cerrado con dos vueltas di llave.

Entonces hurgué en los que estaban ordinariamente las joyas y los diamantes. Se abrieron sin resistencia, pero los joyeros habían desaparecido, con lo que contenían por supuesto.

Un temor punzante me oprimió el corazón.

Iba a exigir a Marguerite la verdad sobre aquellas desapariciones, pero ciertamente ella no me lo confesaría.

—Mi buena Marguerite —le dije entonces—, vengo a pedirte permiso para ir a París. En mi casa no saben dónde estoy, y debe de haber llegado cartas de mi padre; sin duda está preocupado, y es conveniente que le escriba.

—Ve, amigo mío —me dijo—, pero vuelve pronto. Me marché.

Corrí enseguida a casa de Prudence.

—Vamos a ver —le dije, sin más preliminares—, respóndame francamente: ¿Dónde están los caballos de Marguerite?

—Vendidos.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker