La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Sin embargo el coche no volvió, el chal de cachemira no fui devuelto, todo lo cual me intrigaba sin querer, y, como yo sabÃa en qué cajón guardaba Marguerite las camas de Prudence, aproveché un momento en que estaba al fondo del jardÃn, corrà al cajón i intenté abrirlo; pero fue en vano: estaba cerrado con dos vueltas di llave.
Entonces hurgué en los que estaban ordinariamente las joyas y los diamantes. Se abrieron sin resistencia, pero los joyeros habÃan desaparecido, con lo que contenÃan por supuesto.
Un temor punzante me oprimió el corazón.
Iba a exigir a Marguerite la verdad sobre aquellas desapariciones, pero ciertamente ella no me lo confesarÃa.
—Mi buena Marguerite —le dije entonces—, vengo a pedirte permiso para ir a ParÃs. En mi casa no saben dónde estoy, y debe de haber llegado cartas de mi padre; sin duda está preocupado, y es conveniente que le escriba.
—Ve, amigo mÃo —me dijo—, pero vuelve pronto. Me marché.
Corrà enseguida a casa de Prudence.
—Vamos a ver —le dije, sin más preliminares—, respóndame francamente: ¿Dónde están los caballos de Marguerite?
—Vendidos.