La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Treinta mil francos todavÃa poco más o menos. ¡Ah, querido!, ¿no se lo habÃa dicho yo? Usted no quiso creerme; bueno, pues ahora ya estará convencido. Al tapicero, de cuyas facturas respondÃa el duque, le dieron con la puerta en las narices cuando se presentó en casa del duque, el cual le escribió al dÃa siguiente que no harÃa nada por la señorita Gautier. Ese hombre querÃa dinero, y le di a cuenta unos miles de francos que le pedà a usted; luego algún alma caritativa le ha advertido que su deudora, abandonada por el duque, vivÃa con un muchacho sin fortuna; los otros acreedores fueron prevenidos igualmente, pidieron dinero y embargaron. Marguerite quiso venderlo todo, pero ya no habÃa tiempo, y además yo me habrÃa opuesto. De todos modos habÃa que pagar y, para no pedirle dinero a usted, ha vendido los caballos, las cachemiras y ha empeñado las joyas. ¿Quiere los recibos de los compradores y las papeletas del Monte de Piedad?
Y Prudence abrió un cajón y me enseñó dichos papeles.