La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —¡Ah! —continuó con esa insistencia tÃpica de la mujer que puede decir: «¡Qué razón tenÃa yo!»—. ¿Cree que basta amarse e irse al campo a vivir una vida pastoril y vaporosa? No, amigo mÃo, no. Al lado de la vida ideal existe la vida material, y las resoluciones más castas están sujetas a la tierra por hilos ridÃculos, pero de hierro, y que no se rompen tan fácilmente. Si Marguerite no lo ha engañado veinte veces, es porque ella es de una naturaleza excepcional. Y no será porque yo no se lo haya aconsejado, pues me daba pena ver a la pobre chica despojarse de todo. ¡Pero ella no ha querido! Me ha respondido que lo querÃa y que no lo engañarÃa por nada del mundo. Todo esto es muy bonito, muy poético, pero con esa moneda no se paga a los acreedores, y hoy no puede salir del atolladero con menos de treinta mil francos, se lo repito.
—Está bien, le proporcionaré esa cantidad.
—¿Va a pedirla prestada?
—¡Pues claro que sÃ!