La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Bonita cosa va usted a hacer: enemistarse con su padre, paralizar sus recursos, y además no se encuentran treinta mil francos asà de la noche a la mañana. Créame, querido Armand, conozco a las mujeres mejor que usted; no haga esa locura, de la que algún dÃa se arrepentirá. Sea razonable. No le digo que deje a Marguerite, pero viva con ella como vivÃa al principio del verano. Déjeme encontrar los medios de salir del apuro. El duque poco a poco volverá otra vez a ella. El conde de N… me decÃa ayer mismo que, si ella lo acepta, le pagará todas sus deudas y le dará cuatro o cinco mil francos al mes. Tiene doscientas mil libras de renta. Para ella será una buena posición, mientras que usted antes o después tendrá que dejarla; no espere para eso a verse arruinado, tanto más cuanto que el conde de N… es un imbécil, y nada le impedirá a usted ser el amante de Marguerite. Ella llorará un poco al principio, pero acabará por acostumbrarse y algún dÃa le agradecerá lo que ha hecho. Suponga que Marguerite está casada y engaña al marido, eso es todo. Todo esto ya se lo he dicho otra vez: sólo sé que en aquella época no era aún más que un consejo, mientras que hoy es casi una necesidad.
Prudence tenÃa cruelmente razón.