La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Lo que pasa —continuó, volviendo a doblar los papeles que acababa de enseñarme— es que las entretenidas siempre prevén que las amarán, pero nunca que amarán ellas; si no, irÃan ahorrando dinero y a los treinta años podrÃan permitirse el lujo de tener un amante gratis. ¡Ah, si yo hubiera sabido lo que sé ahora! En fin, no diga nada a Marguerite y tráigasela a ParÃs. Ha vivido usted cuatro o cinco meses solo con ella, y es razonable; todo lo que se le pide ahora es que cierre los ojos. Dentro de quince dÃas ella aceptará al conde de N…, economizará este invierno, y el verano próximo empezarán ustedes otra vez. ¡Asà es como hay que hacer las cosas, querido!
Y Prudence parecÃa encantada de su consejo, que yo rechazaba con indignación.
No sólo mi amor y mi dignidad me impedÃan obrar asÃ, sino que además estaba absolutamente convencido de que, en el punto a que habÃa llegado, Marguerite morirÃa antes que aceptar repartirse asÃ.
—Bueno, basta de bromas —dije a Prudence—. Definitivamente, ¿cuánto le hace falta a Marguerite?
—Ya se lo he dicho, unos treinta mil francos.
—¿Y para cuándo hace falta esa cantidad?
—Antes de dos meses.
—La tendrá.
Prudence se encogió de hombros.