La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Ocho días después estábamos comiendo, cuando Nanine vino a decirme que mi criado preguntaba por mí.

Mandé que entrara.

—Señor —me dijo—, su padre ha llegado a París, y le ruega que vuelva enseguida a casa, donde lo está esperando.

Aquella noticia era la cosa más simple del mundo y, sin embargo, al recibirla Marguerite y yo nos miramos.

Adivinábamos una desgracia tras aquel incidente.

Así que, sin que me hiciera partícipe de aquella impresión que yo compartía, respondí tendiéndole la mano:

—No temas.

—Vuelve lo antes posible —murmuró Marguerite abrazándome—, te esperaré a la ventana.

Envié a Joseph a decir a mi padre que ya iba.

En efecto, dos horas después, estaba en la calle de Provence.


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