La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Conozco la vida mejor que usted, caballero. Sólo en las mujeres completamente castas hay sentimientos completamente puros. Toda Manon puede hacer un Des Grieux, y el tiempo y las costumbres han cambiado. SerÃa inútil que el mundo envejeciera, si no se corrigiese. Dejará usted a su amante.
—Me molesta tener que desobedecerlo, padre, pero eso es imposible.
—Lo obligaré.
—Desgraciadamente, padre, no hay islas Sainte-Marguerite donde enviar a las cortesanas, y, aunque las hubiera, seguirÃa allà a la señorita Gautier, si consiguiera usted que la enviaran. ¿Qué quiere? Puede que esté equivocado, pero no podré ser feliz más que a condición de seguir siendo el amante de esa mujer.
—Vamos a ver, Armand, abra los ojos, reconozca que su padre siempre lo ha querido y que sólo quiere su felicidad. ¿Es honroso para usted ir a vivir maritalmente con una chica que ha sido de todo el mundo?
—¡Y eso qué importa, padre, si ya no será de nadie más! ¡Qué importa, si esa chica me ama, si se regenera por el amor que siente por mà y por el amor que yo siento por ella! ¡Qué importa, en fin, habiendo conversión!