La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Armand —continuó mi padre—, en nombre de su santa madre, créame, renuncie a esa vida, que olvidará mucho más pronto de lo que piensa y a la que lo encadena una teorÃa imposible. Tiene usted veinticuatro años, piense en el futuro. No puede amar siempre a una mujer que tampoco lo amará siempre. Están los dos exagerando su amor. Se está cerrando usted todos los caminos. Un paso más y ya no podrá abandonar la ruta en que se encuentra, y toda su vida sentirá el remordimiento de su juventud. Salga, venga a pasar un mes o dos junto a su hermana. El descanso y el amor piadoso de la familia lo curarán rápidamente de esta fiebre, pues no es otra cosa. Entre tanto su querida se consolará, encontrará otro amante y, cuando vea usted por quién estuvo a punto de enemistarse con su padre y perder su cariño, me dirá que he hecho bien en venir a buscarlo y me bendecirá. Vamos, te marcharás, ¿verdad, Armand?
SentÃa que mi padre tenÃa razón hablando de cualquier mujer, pero estaba convencido de que no tenÃa razón hablando de Marguerite. Sin embargo el tono en que me habÃa dicho sus últimas palabras era tan dulce, tan suplicante, que no me atrevÃa a responderle.
—Bueno, ¿qué? —dijo con voz emocionada.