La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Bueno, pues no puedo prometerle nada, padre —dije al fin—. Lo que me pide está por encima de mis fuerzas. Créame —continué, al ver que hacÃa un movimiento de impaciencia—, exagera usted los resultados de esta relación. Marguerite no es la chica que usted cree. Este amor, lejos de lanzarme por el mal camino, es por el contrario capaz de desarrollar en mà los más honorables sentimientos. El amor verdadero siempre nos hace mejores; cualquiera que sea la mujer que lo inspira. Si conociera usted a Marguerite, comprenderÃa que no me expongo a nada. Es tan noble como la mujer más noble. Todo lo que hay de codicia en las otras es desinterés en ella.
—Lo que no le impide aceptar toda su fortuna, pues los sesenta mil francos que usted heredó de su madre y que ahora le da a ella constituyen, recuerde bien lo que le digo, su única fortuna.
Probablemente mi padre habÃa guardado esta perorata y aquella amenaza para asestarme el último golpe.
Pero sus amenazas me envalentonaron más que sus súplicas.
—¿Quién le ha dicho que iba a cederle esa cantidad?