La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Mi notario. ¿Un hombre honrado iba a realizar un acto asà sin avisarme? Bien, pues he venido a ParÃs para impedir su ruina en favor de una chica cualquiera. Su madre, al morir, le dejó para vivir honradamente, pero no para andar haciendo generosidades con sus amantes.
—Le juro, padre, que Marguerite ignoraba _esa donación.
—¿Entonces por qué la hacÃa?
—Porque Marguerite, esa mujer que usted calumnia y que quiere que abandone, ha sacrificado todo lo que posee para vivir conmigo.
—¿Y acepta usted ese sacrificio? ¿Pero qué clase de hombre es usted, señor mÃo, para permitir que una señorita Marguerite le sacrifique nada? Vamos, esto ya es el colmo. Va a dejar usted a esa mujer. Hace un momento se lo rogaba, ahora se lo ordeno; no quiero semejante porquerÃa en mi familia. Haga sus maletas y dispóngase a seguirme.
—Perdóneme, padre —dije entonces—, pero no me marcharé.
—¿Por qué?
—Porque ya no tengo edad de obedecer órdenes.
Ante aquella respuesta mi padre palideció.
—Está bien, señor —repuso—; ya sé lo que tengo que hacer.
Llamó.
Joseph apareció.