La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Yo perdonaba de buena gana tales sentimientos a Marguerite. La esperaba con impaciencia para decirle, cubriéndola de besos, que había adivinado la causa de su misteriosa ausencia.
Sin embargo, la noche avanzaba y Marguerite no llegaba.
La inquietud fue estrechando poco a poco su círculo y me oprimía el corazón y la cabeza. ¡Quizá le había ocurrido algo! ¡Quizá estaba herida, enferma, muerta! ¡Quizá vería llegar un mensajero anunciándome algún doloroso accidente! ¡Quizá la aurora me sorprendiera en medio de las mismas incertidumbres y temores!
La idea de que Marguerite me estuviera engañando en el mismo momento en que yo la esperaba entre los terrores que su ausencia me causaba no volvió a ocurrírseme. Hacía falta una causa independiente de su voluntad para retenerla lejos de mí, y cuanto más pensaba en ello más convencido estaba de que esa causa no podía ser más que alguna desgracia. ¡Oh vanidad del hombre, y cómo sabes mostrarte bajo cualquier forma!
Acababa de dar la una. Me dije que iba a esperar una hora todavía, y que, si a las dos no había venido Marguerite, iría a París.
Mientras esperaba, busqué un libro, pues no me atrevía a pensar.