La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—¿A estas horas?

—Sí.

—Pero ¿cómo? No va a encontrar coche.

—Iré a pie.

—Pero si está lloviendo…

—¡Qué importa!

—La señora volverá, o, si no vuelve, siempre habrá tiempo de día de ir a ver lo que la ha entretenido. Le van a asesinar por la carretera.

—No hay peligro, mi querida Nanine; hasta mañana.

La buena muchacha fue a buscarme el abrigo, me lo echó por los hombros, y se ofreció para ir a despertar a la tía Arnould y preguntarle si era posible encontrar un coche; pero yo me opuse, convencido de que en esa tentativa, quizá infructuosa, perdería más tiempo de lo que me llevaría hacer la mitad del camino.

Además necesitaba aire y un cansancio físico que agotase la sobrexcitación dé que era presa.

Cogí la llave del piso de la calle de Antin y, después de haber dicho adiós a Nanine, que me había acompañado hasta la verja, me marché.


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