La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Al principio eché a correr, pero la tierra estaba recién mojada, y me fatigaba doblemente. Al cabo de media hora de correr asà me vi obligado a detenerme: sudaba a chorros. Tomé aliento y continué mi camino. La noche era tan densa, que a cada instante temÃa chocar contra los árboles de la carretera, que, al presentarse bruscamente ante mis ojos, tenÃan el aspecto de grandes fantasmas que corrÃan hacia mÃ.
Encontré uno o dos carros que pronto dejé atrás.
Una calesa se dirigÃa a trote largo hacia Bougival. En el momento en que pasaba ante mà me asaltó la esperanza de que Marguerite iba en ella.
Me detuve gritando:
—¡Marguerite! ¡Marguerite!
Pero nadie me respondió y la calesa continuó su camino. La miré alejarse y eché a andar otra vez.
Tardé dos horas en llegar a la puerta de l’Etoile.
La vista de ParÃs me dio fuerzas, y bajé corriendo la larga avenida que tantas veces habÃa recorrido.
Aquella noche no pasaba nadie por allÃ.
DirÃase que paseaba por una ciudad muerta.
Empezaba a romper el dÃa.
Cuando llegué a la calle de Antin, la gran ciudad empezaba ya a removerse un poco antes de despertarse del todo. En el momento en que yo entraba en casa de Marguerite daban las cinco en la iglesia de Saint Roch.