La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Di mi nombre al portero, el cual había recibido ya no pocas monedas mías de veinte francos para saber que podía ir a casa de la señorita Gautier a las cinco de la mañana.

Pasé, pues, sin obstáculo.

Hubiera podido preguntarle si Marguerite estaba en casa, pero habría podido responderme que no, y prefería dudar dos minutos más, pues dudando esperaba todavía.

Presté oídos a la puerta, intentando sorprender un ruido, un movimiento.

Nada. El silencio del cameo parecía haber llegado hasta allí.

Abrí la puerta y entré.

Todas las coronas estaban herméticamente cerradas.

Corrí las del comedor, me dirigí hacia el dormitorio y empujé la puerta.

Salté sobre el cordón de las cortinas y tiré violentamente de él.

Se abrieron las coronas; entró un tenue rayo de luz y corrí hacia la cama.

¡Estaba vacía!

Abrí las puertas una tras otra, entré en todas las habitaciones.

Nadie.

Era para volverse loco.

Pasé al cuarto de aseo, abrí la ventana y llamé repetidas veces a Prudence.


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