La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias La ventana dé la señora Duvernoy siguió cerrada.
Entonces bajé a ver al portero y le pregunté si la señora Gautier habÃa venido a su casa durante el dÃa.
—Sà —me respondió aquel hombre—, con la señora Duvernoy.
—¿No ha dejado ningún recado para m�
—Nada.
—¿Sabe lo que han hecho después?
—Han subido en un coche.
—¿Qué clase de coche?
—Un cupé particular.
¿Qué significaba todo aquello?
Llamé a la puerta vecina.
—¿Dónde va usted? —me preguntó el portero después de abrirme.
—A casa de la señora Duvernoy.
—No ha vuelto.
—¿Está seguro?
—SÃ, señor; incluso tengo aquà una carta que trajeron para ella ayer por la noche y que aún no he podido entregarle.
Y el portero me enseñó una carta a la que eché maquinalmente una mirada.
Reconocà la letra de Marguerite.
Tomé la carta.
En las señas decÃa lo siguiente: