La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias «Señora Duvernoy, para entregar al señor Duval».
—Esta carta es para mà —le dije al portero, mostrándole la: señas.
—¿Es usted el señor Duval? —me respondió aquel hombre.
—SÃ.
—¡Ah!, ya lo conozco. Usted solÃa venir a menudo a casa de la señora Duvernoy.
Una vez en la calle rompà el sello de la carta.
Un rayo que hubiera caÃdo a mis pies no me hubiera causado más espanto que aquella lectora.
Armand, cuando lea esta carta, ya seré la amante de otro hombre. Asà que todo ha terminado entre nosotros.
Vuelva con su padre, amigo mÃo, vaya a ver a su hermana, joven casta, ignorante de todas nuestras miserias, y a su lado olvidará muy pronto todo lo que le haya hecho sufrir esa perdida que llaman Marguerite Gautier, a quien quiso usted amar por un instante y que le debe a usted los únicos momentos felices de una vida que ella espera que ya no será larga.
Cuando hube leÃdo la última palabra, creà que iba a volverme loco.
Por un momento tuve realmente miedo de caer sobre el pavimento de la calle. Una nube me pasó por los ojos y la sangre me golpeaba en las sienes.