La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias No dijo de escupir sangre. ¡Oh, le darÃa pena verme! Tiene usted la gran suerte de estar bajo un cielo cálido y no tener como yo todo un invierno de hielo pesando sobre su pecho. Hoy me he levantado un poco y, tras las cortinas de mi ventana, he mirado pasar esa vida de ParÃs con la que ahora sà que creo haber roto definitivamente. Algunos rostros conocidos han pasado por la calle, rápidos, alegres, despreocupados. Ni uno ha levantado los ojos hacia mis ventanas. No obstante, han venido algunos jóvenes y han dejado su nombre. Ya estuve enferma otra vez, y usted, sin conocerme, sin haber obtenido de mà más que una impertinencia el dÃa en que lo vi por primera vez, usted vino a preguntar por mà todas las mañanas. Aquà me time enferma otra vez. Hemos pasado seis meses juntos. He sentido por usted todo el amor que el corazón de una mujer puede encerrar y ofrecer, y usted está lejos, me maldice y no me llega ni una palabra suya de consuelo. Pero estoy segura de que sólo el azar es el causante de este abandono, pues, si estuviera usted en ParÃs, no se apartarÃa de la cabecera de mi cama ni saldrÃa de mi habitación.
25 de diciembre.