La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Todos los dÃas el médico me prohÃbe escribir. En efecto, mis recuerdos no hacen más que aumentar mi fiebre, pero ayer recibà una carta que me hizo macho bien, no tanto por la ayuda material que me aportaba cuanto por los sentimientos que expresaba. Asà que hoy puedo escribirle. La carta era de su padre y mire lo que decÃa:
«Señora:
Acabo de enterarme de que está usted enferma. Si estuviera en ParÃs, irÃa personalmente a saber cómo se encuentra; si mi hijo estuviera aquÃ, le dirÃa que fuera a preguntar por usted; pero yo no puedo salir de C…, y Armand está a seiscientas o setecientas leguas de aquÃ; asà pues, permÃtame, señora, que le escriba simplemente diciéndole cuánto me apena su enfermedad, y créame que hago sinceros votos por su pronto restablecimiento.
El señor H…, un buen amigo mÃo, irá a su casa: le ruego que lo reciba. Le he dado un encargo, cuyo resultado espero con impaciencia.
Reciba, señora, mis mejores sentimientos».
Esta es la carta que recibÃ. Su padre tiene un corazón noble; ámelo, amigo mÃo, pues hay pocos hombres en el mundo tan dignos de ser amados. Este papel firmado con su nombre me ha sentado mejor que todas las recetas de nuestro ilustre médico.