La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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5 de febrero.

¡Oh, Armand, venga, venga, sufro horriblemente! ¡Dios mío, voy a morir! Ayer estaba tan triste, que quise pasar fuera de mi casa la noche, que prometía ser tan larga como la del día anterior. El duque vino por la mañana. Me parece que la vista de ese anciano olvidado por la muerte me hace morir más de prisa.

A pesar de la fiebre ardiente que me abrasaba, pedí que me vistieran y me llevaran al Vaudeville. Julie me puso colorete, porque si no habría parecido un cadáver. Fui al palco donde le di nuestra primera cita; todo el tiempo tuve los ojos clavados en la butaca que ocupaba usted aquel día, y que ayer ocupaba un paleto que reía ruidosamente de todas las estupideces que decían los actores. Me llevaron a casa medio muerta. He estado tosiendo y escupiendo sangre toda la noche. Hoy no puedo hablar y apenas si puedo mover los brazos. ¡Dios mío, Dios mío, voy a morir! Lo esperaba, pero no puedo hacerme a la idea de tener que sufrir más de lo que sufro, y si…

A partir de esta palabra los pocos caracteres que Marguerite había intentado trazar resultaban legibles, y fue Julie Duprat quien continuó.

 

 


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