La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Finalmente fuimos a la tumba de Marguerite, sobre la que los primeros rayos del sol de abril hacían brotar las primeras hojas.

Le quedaba a Armand por cumplir el último deber: ir a reunirse con su padre. Quiso también que lo acompañase.

Llegamos a C…, donde vi que el señor Duval era tal como me lo había imaginado por el retrato que de él me hizo su hijo: alto, digno, afable.

Acogió a Armand con lágrimas de felicidad y me estrecho afectuosamente la mano. Pronto me di cuenta de que el sentimiento paternal dominaba en el recaudador sobre todos lo demás.

Su hija, llamada Blanche, tenía esa transparencia de los ojos la mirada, esa serenidad de la boca que demuestran que el alma sólo concibe santos pensamientos y los labios sólo dicen palabra piadosas. La casta joven sonreía ante el regreso de su hermano sin saber que lejos de ella una cortesana había sacrificado su felicidad ante la sola invocación de su nombre.

Me quedé algún tiempo con aquella venturosa familia dedicada por entero al que les traía la convalecencia de su corazón.

Volví a París, donde escribí esta historia tal como me la contaron. No tiene más que un mérito, que quizá le será discutido: el de ser verdadera.


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