La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Tal suposición hubiera sido bastante verosímil tratándose de otro, pero en la desesperación de Armand hubo acentos sinceros, y, pasando de un extremo a otro, me imaginaba que su pena se había convertido en enfermedad y que, si no tenía noticias suyas, era porque estaba enfermo o quién sabe si muerto.
No podía dejar de interesarme por aquel hombre. Quizá en mi interés había algo de egoísmo; quizá bajo aquel dolor había vislumbrado una conmovedora historia de amor, o quizá mi deseo de conocerla se debía en buena parte a lo preocupado que me tenía el silencio de Armand.
Puesto que el señor Duval no volvía a mi casa, decidí ir yo a la suya. No era difícil encontrar un pretexto. Por desgracia no sabía su dirección, y de todos los que pregunté nadie supo decírmela.
Me dirigí a la calle de Antin. Tal vez el portero de Marguerite supiera dónde vivía Armand. Era un portero nuevo. Lo ignoraba como yo. Pregunté entonces por el cementerio donde había sido enterrada la señorita Gautier. Era el cementerio de Montmartre.