La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Había llegado abril, hacía buen tiempo, las tumbas ya no tendrían ese aspecto doloroso y desolado que les da el invierno; en fin, hacía ya bastante calor para que los vivos se acordasen de los muertos y los visitaran. Me dirigí al cementerio, diciéndome: «Con sólo ver la tumba de Marguerite, sabré si el dolor de Armand subsiste aún, y quizá me entere de lo que ha sido de él».

Entre en la casilla del guarda, y le pregunté si el 22 de febrero no había sido enterrada en el cementerio de Montmartre una mujer llamada Marguerite Gautier.

El hombre hojeó un grueso libro, donde están inscritos y numerados todos los que entran en aquel último asilo, y me respondió que, en efecto, el 22 de febrero a mediodía había sido inhumada una mujer de ese nombre.

Le rogué que me condujera a su tumba, pues sin cicerone no hay forma de orientarse en esa ciudad de los muertos, que tiene sus canes como la ciudad de los vivos. El guarda llamó a un jardinero y le dio las indicaciones necesarias, pero él lo interrumpió diciendo:

—Ya sé, ya sé… ¡Oh, es una tumba bien fácil de encontrar! —continuó, volviéndose hacia mí.

—¿Por qué? le dije yo.

—Porque tiene flores muy diferentes a las otras.

—¿Es usted quien cuida de ella?


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