La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —SÃ, señor, y ya me gustarÃa a mà que todos los familiares se preocuparan por sus difuntos lo mismo que el joven que me ha encargado de ella.
Después de dar algunas vueltas, el jardinero se detuvo y me dijo:
—Ya hemos llegado.
En efecto, ante mis ojos tenÃa un cuadrado de flores que nadie hubiera tomado por una tumba, si un mármol blanco con un nombre encima no lo testificara.
El mármol estaba colocado verticalmente, un enrejado de hierro limitaba el terreno comprado, y el terreno estaba cubierto de camelias blancas.
—¿Qué le parece? —me dijo el jardinero.
—Muy hermoso.
—Y cada vez que una camelia se marchita, tengo orden de renovarla.
—¿Y quién se lo ha mandado?
—Un joven que lloró mucho la primera vez que vino; un ex de la muerta sin duda, pues parece que era un poco ligera de cascos. Dicen que era muy guapa. ¿La conoció el señor?
—SÃ.
—Como el otro me dijo el jardinero con una maliciosa sonrisa.
—No, yo nunca hablé con ella.