La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Encontré a Armand en la cama.
Al verme me tendió su mano ardiente.
—Tiene usted fiebre —le dije.
—No será nada; el cansancio de un viaje rápido, eso es todo.
—¿Ha ido usted a ver a la hermana de Marguerite?
—SÃ, ¿quién se lo ha dicho?
—Me he enterado. ¿Y ha conseguido usted lo que querÃa?
—También, pero ¿quién le ha informado de mi viaje y del objetivo que perseguÃa al hacerlo?
—El jardinero del cementerio.
—¿Ha visto usted la tumba?
Apenas si me atrevÃa a responder, pues el tono de aquella frase me demostraba que quien la habÃa pronunciado seguÃa presa de la emoción de que yo habÃa sido testigo, y que, cada vez que su pensamiento o la palabra de otro le recordara aquel doloroso tema, tal emoción traicionarÃa durante mucho tiempo su voluntad.
Me limité, pues, a responder con un movimiento de cabeza.
—¿La ha cuidado bien? —continuó Armand.
Dos gruesas lágrimas rodaron por las mejillas del enfermo, que volvió la cabeza para ocultármelas. Hice como que no las veÃa a intenté cambiar de conversación.