Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Nunca me he explicado suficientemente la causa de esta munificencia del conde Halifax, ni he obtenido de mi madre la menor explicación sobre el particular. En el cortijo se esparció el rumor de que la sangre que corrÃa por mis venas era quizá de más noble alcurnia que la de Juan Lyón. LÃbreme Dios de inculpar a mi madre; pero, si tales susurros eran fundados, encontrarÃa en ello el porqué de aquellos indefinidos deseos e incesantes aspiraciones que alimentaba por una categorÃa social a la que he llegado, por más que no parecÃa ser ese mi destino.
VenÃa, mi madre a comunicarme que, desde el dÃa siguiente, iba yo a dejar la ocupación que desempeñaba en la alquerÃa, para entrar, como interna, en un colegio de señoritas, que algunas veces, el jueves o el domingo, veÃa pasear por las inmediaciones del cortijo.
—Mamá —fue lo primero que me ocurrió decir—, ¿tendré, como ellas, un bonito sombrero de paja y un lindo vestido azul?
—Sin duda —respondió mi madre—, puesto que es el uniforme de todas las pensionistas.
Salté de gozo. Pareciome que iba a resultar muy bonita con semejantes atavÃos, que ni en sueños jamás me habÃan adornado. Dándoles sendos besos me despedà de mis carneros, de los que se hizo, cargo un joven pastor que vino a reemplazarme.