Historia de una cortesana
Historia de una cortesana He incurrido en error diciendo que advertí que era bella; ignoraba en qué consistía la belleza. Jamás había tenido a mano un espejo en el que poder mirarme; pero el rostro que reflejaba la superficie del remanso me agradó, y le sonreí, acercando mis labios al agua, no tanto por beber como para darle un beso.
A partir de aquel momento establecí mi tocador en las márgenes del manantial, tejiendo y destejiendo coronas hasta que quedaba satisfecha de mí misma, contento que manifestaba abrazando a mi propia imagen.
Esta ternura prodigada a mi persona, pudo, en cierta ocasión, haberme sido fatal: mis manos resbalaron sobre el césped, y caí en el arroyo, en cuyas aguas habría perecido, a no ser por mi perro, que me tiró de la falda.
Era tan limitada la idea que tenía del bien y del mal, que, para secar mis ropas, me desnudé completamente. Estando así, enjugando a los rayos del sol mi desnudo y mojado cuerpo, oí que me llamaban. Me levanté y vi a mi madre que venía en mi busca. Corrí hacia ella, que me reprendió severamente, sin que me fuese dado comprender exactamente el motivo de su reprimenda.
Habíase operado un cambio favorable en nuestro modo de ser. Mi madre acababa de recibir del conde de Halifax una pequeña cantidad que debía repartir conmigo. La parte señalada para mí, había de ser destinada a mi educación.