Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Mis palabras de despedida más afectuosas fueron para el perro. El fiel animal, que me había salvado la vida una hora antes, sentía viva estimación por mí. Yo, a mi vez, prodigaba muchas caricias al pobre Blak, del que me separé con honda pena para seguir a mi madre.

Por su parte, el leal can demostraba deseos de ir conmigo, y pareció que vacilaba entre su cariño y su deber. Pero el último triunfó al fin. Me siguió hasta un paraje donde pudiese, sin perder de vista al pequeño rebaño, acompañarme con los ojos. Sentose sobre un peñasco, vuelta la cabeza hacia mí, y, enviándome a intervalos un lastimero aullido, permaneció en aquella actitud, inmóvil y quejumbroso, hasta que las sinuosidades del terreno lo ocultó a mis miradas; pero, aunque ya no podía verle, continuaba oyendo sus tristes lamentos.

El mismo día mi madre me condujo a la ciudad, de la cual distaba el cortijo media legua aproximadamente. Iba a pagar el primer trimestre de mi pensión y a disponer que tomasen la medida de mi uniforme, de cuya confección se encargaba el propio establecimiento a fin de evitar diferencias entre las educandas.



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