Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Era un miércoles, y debía entrar en el colegio el lunes siguiente. A fin de que pudiese yo probarme el uniforme, la directora dispuso que el paseo del domingo lo darían por el lado de la alquería, con lo cual se brindaba un día de holgorio a las pensionistas, que iban a ser obsequiadas con un almuerzo de huevos frescos y leche acabada de ordeñar.

La visita se señaló para las nueve, y mi madre se encargó de todos los preparativos.

Fue la primera vez que me encontré en situación de apreciar el poder del dinero. Mi madre, humilde moza de labranza el día antes, a quien se trataba con aspereza y como a una fámula de último orden, mi madre, digo, parecía haberse elevado de un modo espontáneo, tácito, y sin previo acuerdo, al nivel de los otros sirvientes. Y todo por obra de un billete de cien libras que le habían visto, y que, si tenía el origen que se le atribuía, era más bien razón para humillarla que para enaltecerla.

Por la noche me acosté junto a mi madre, en una cama que me hicieron con un colchón tendido sobre sillas y debajo de la cual se escurrió mi fiel Blak, que, al verme de nuevo, me recibió con grandes muestras de contento, como si hubiese temido perderme para siempre.


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