Historia de una cortesana
Historia de una cortesana En consecuencia, Nelson ordenó sacar el cadáver del agua, colocarlo en una lancha y transportarlo a la pequeña iglesia de Santa Lucía, que había sido la parroquia del difunto.
Cuando iba a ejecutarse esa orden, me retiré a mi camarote.
Por mucha que fuese la repugnancia que me inspiraba semejante espectáculo, no pude sustraerme a la tentación de dirigir una mirada de soslayo al miserable cadáver, y vi aquellos cabellos en desorden, aquella barba erizada con que Caracciolo me había aparecido cuando le transportaron maniatado a bordo del Foudroyant; solamente que ahora, el color de su rostro era verde, y me pareció que le faltaban los ojos. Seguramente habían sido comidos por los cangrejos.
Comprendí el terror que esta visión hubo de haber infundido al rey Fernando, que había decretado aquella muerte, puesto que yo, que solo era culpable de haberla dejado cumplir, creí volverme loca.
Supe después por sir Guillermo que había seguido todos los incidentes del suceso con su habitual serenidad, que el cadáver conservaba todavía a los pies las dos balas de cañón que se le pusieron para sumergirlo, y cuyo peso de doscientas cincuenta libras no pudo impedir que el cuerpo volviese a flor de agua.
El almirante napolitano fue inhumado en la pequeña iglesia de Santa Lucía.