Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Cuando el Foudroyant ancló de nuevo en el puerto y yo, temblando por lo que acababa de ver, subí a cubierta, supe que un marinero acababa de ser condenado a muerte, por haber, en un momento de embriaguez, golpeado a un superior.
Mi corazón estaba predispuesto a la indulgencia; me parecía que si salvaba la vida de un hombre, aunque ese hombre fuese culpable, aliviaría el peso de mi pecho y que Dios me perdonaría el crimen de no haber intentado la salvación de otra vida humana.
Pregunté el nombre del marinero condenado, me dijeron que se llamaba Tomás Campbell.
Este nombre me impresionó; surgía del fondo de los recuerdos de mi juventud.
Traté de coordinar esos recuerdos, y se me representó aquel día en que, siendo yo niñera en Hawarden, encontré a las pensionistas de la señora Colmann, las que se burlaron de mí al verme en aquella nueva condición, y que una sola, llamada Fanny Campbell, se había separado de sus compañeras para venir a abrazarme.
No sé por qué, al oír pronunciar este nombre, tuve la certidumbre, por más que es muy común en Inglaterra, de que el condenado era pariente de la joven que me había dado una prueba de amistad cuando las demás me las daban de desdén.