Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Mi querido Horacio —le dije—, tengo necesidad de contarle una historia. Cuando mi madre servÃa en una granja, pudo, gracias a un pequeño legado que le hizo un antiguo señor a quien habÃa servido, hacerme entrar como pensionista en un colegio, donde, en un año, aprendà a leer y escribir, un poco de música y dibujo. Pero, al año, faltaron los recursos y tuve que salir del colegio para entrar a desempeñar el cargo de niñera en casa de un excelente hombre llamado Hawarden. Cierto dÃa que paseaba por el prado a los niños de la casa, pasaron por allà mis antiguas condiscÃpulas a las cuales habÃa yo aventajado frecuentemente en nuestros respectivos ejercicios, y como casi todas eran señoritas distinguidas, ridiculizaron mi humilde posición y mi pobre vestido, que era de camarera.
—¡Pobre Emma querida! —dijo Nelson estrechándome la mano.
—Una sola se apartó del grupo, vino hacia mÃ, y, viendo que lloraba, enjugó mis lágrimas con su pañuelo, me abrazó y dÃjome: «¡Oh! Emma, yo no soy como estas ruines muchachas. Yo te amo siempre». Y, mezclando sus lágrimas con las mÃas, me abrazó por segunda vez, y fue a reunirse con sus compañeras, que la acogieron con risas burlonas.
—Era una buena joven esa que tal hizo —dijo Nelson—, y quisiera saber su nombre y el lugar de su residencia, para dotarla si no se ha casado aún.