Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Como los franceses se aproximaban y eran necesarios dos días para poner el carruaje en buen estado, resolvimos cambiarlo por otro, el primero que nos presentaron. Nuestros sirvientes, que podían caer impunemente en poder de los franceses, por ser individuos de menos importancia, se quedaron en Arezzo, con encargo de que, una vez reparado el coche, viniesen a reunirse con nosotros.
Continuamos, pues, nuestra marcha a través de comarcas miserables y por caminos infernales.
Al llegar a Ancona, la Reina encontró una fragata austriaca, la Bellone, preparada para recibirla junto con las personas de su séquito. El mismo día pasó a bordo del buque; pero, una vez instalada, dudó entre quedarse en él o desembarcar, y, cuando tres días después llegamos nosotros, estaba incierta aún sobre el partido que tomaría: sentía deseos, nos dijo, de pedir hospitalidad a la escuadra rusa, compuesta de tres fragatas y un bergantín. Nelson, que tenía poca fe en los marinos austriacos, la animó en ese proyecto. Por otro lado, para recibir convenientemente a la familia real y a las personas que la acompañaban, la fragata austriaca había tenido necesidad de reducir el número de sus cañones a veinticuatro, y como los franceses eran dueños de las costas de la Dalmacia, hubiesen podido con una flotilla de lanchas, apoderarse de la Bellone al abordaje.