Historia de una cortesana

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Pero, por desgracia, la fragata que montaba el jefe de la escuadra rusa no estaba preparada para el honor que la Reina le dispensaba, y el comandante solo pudo ofrecer su cámara a la familia real; de suerte, que nosotros tuvimos necesidad de embarcar en otra fragata.

Sir Guillermo se sentía tan enfermo, que todos los médicos le habían desahuciado, y los menos pesimistas en sus pronósticos decían que acaso llegaría a Trieste, pero que, con toda seguridad, su mal habría acabado con él antes de llegar a Viena.

Contra todo lo que se esperaba, sir Guillermo se encontró algo mejor al llegar a Trieste, después de una buena travesía, y el resto del viaje se realizó en las condiciones más favorables.

En Viena, gracias a la viva amistad que me profesaba la Reina, fui admirablemente recibida por el Emperador, la Emperatriz y toda la familia imperial.

La convalecencia de sir Guillermo, que duró seis semanas, nos retuvo en la capital de Austria más tiempo del calculado por nosotros, pero no por eso dejé de concurrir a las fiestas que se organizaron, pues sir Guillermo exigió que me presentase en sociedad acompañada de Nelson, lo mismo que si él se hubiese encontrado en buena salud.

Ya era tiempo, en verdad, de que María Carolina se trasladase a Viena para defender sus intereses; en su ausencia, nadie se había ocupado en ellos.


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