Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Uno de los artículos del tratado estipulaba que los súbditos del rey de Nápoles que habían sido desterrados, encarcelados u obligados a huir por causas políticas, podrían regresar libremente a su patria y recobrarían la posesión de sus bienes.

¡Desgraciadamente, era demasiado tarde para muchos de ellos! Los tribunales habían funcionado, y todo el año 1799 y principios del siguiente fueron testigos de terribles ejecuciones, entre otras, la del infortunado Domingo Cirillo, a quien no pudimos salvar de la cólera de Fernando, por más que la Reina, a solicitud mía, pidió de rodillas el perdón.

Nuestra estancia en Viena fue una fiesta no interrumpida. El príncipe y la princesa Estherazy particularmente, que, en un viaje que hicieron a Nápoles habían sido espléndidamente recibidos en el hotel de la Embajada inglesa, quisieron correspondernos en igual forma.

Fuimos, pues, invitados a pasar una semana en el palacio del Príncipe, en Eisenstardt. Vimos allí una cosa singular, y por medio de la cual probablemente creyeron dispensarnos un honor.

Durante nuestra permanencia en el castillo hubo en él una guardia de cien granaderos de los cuales el de menor talla alcanzaba una altura de seis pies. A medida que se relevaban en su servicio, los que entraban de guardia se sentaban a una mesa opípara y delicada, hasta que eran reemplazados por otra tanda de veinticinco.


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