Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Mistress Northon vino a preguntarme si quería bajar para tomar el té con ella; pero me encontró absorta en la lectura. Le pregunté, si era orden de miss Arabela, o invitación suya. Me respondió que miss Arabela estaba ocupada atendiendo a sus visitas, y que probablemente ni se acordaba de mí. Supliqué a miss Northon que me hiciese servir en mi cuarto el té y los emparedados, que constituirían mi merienda y mi cena, y que me dejase leer sin interrupción.
Momentos después oí los pasos del criado que me traía el piscolabis pedido. Sin levantar los ojos del libro, le hice señal de dejar el servicio en una mesa y de que se retirase.
Fui obedecida en el acto, quizás con no poco contento del doméstico, que se veía exento de los cuidados de servirme.
Me levanté y cerré la puerta, como si temiese ser molestada.
Me olvidé del té, de mistress Northon, de miss Arabela; me olvidé del mundo entero. Así como en otra ocasión me había sentido transformada en Julieta, así también ahora creía ser una nueva Clara Harlowe.
Pero, a las dos o tres horas de esta lectura porfiada, se originó una confusión tal en mi entendimiento, hervía con fuerza tanta la sangre en mi cerebro, que sentí imperiosamente la necesidad de despejarme.