Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Abrí una ventana y fui a sentarme en uno de los poyos del balcón.

Era una hermosa noche, una de esas noches que Shakespeare escogió para poblarla con su imaginación. La claridad de la luna, filtrándose por entre los árboles del jardín, se reflejaba, en múltiples ondulaciones, en las serenas aguas del estanque. El ruiseñor de Julieta cantaba en la espesura. Era una de esas noches que, más enervantes que los ardientes rayos del sol, fomentan el amor en el corazón de una joven.

A través de las cortinas de seda se veían las ventanas del aposento de miss Arabela profusamente iluminado; percibiéndose los acordes de un harpa y los apagados acentos de una voz de mujer.

Nunca había oído yo las vibraciones del divino instrumento; aquellas vibraciones tenían una dulzura infinita; el arte y la Naturaleza se concertaban para mecerme en mis sueños; eran a una el ruiseñor de Julieta y el harpa de Clara que me decían: ¡Todo es amor; nosotras hemos amado; ama tú también!

De repente, una de las ventanas se abrió e inundó de luz una parte del jardín, dejándome completamente en la sombra, de modo que podía ver sin ser vista. Una mujer se asomó a la ventana: era miss Arabela.

Mi primer impulso fue de retirarme; pero, comprendiendo que no podían verme, no me moví.

Oí una voz que preguntaba.


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