Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Recordé la segunda escena de amor de Romeo y Julieta, y cual nunca, me pareció que en mi corazón se encerraban modulaciones más tiernas que las que me habían impresionado en el teatro; pero me resistía a turbar aquel armonioso silencio, mezclando una voz humana con el canto del ruiseñor y con el rumor indefinible que, en las diáfanas tinieblas de las noches de verano, semejan el golpear de las alas de Oberon y de Titania.

Y sin embargo, cual de un cáliz lleno hasta rebosar, salió de mi garganta, contra mi voluntad, este primer verso:

Espera, Romeo mío, no ha llegado aún la hora.

Miré sobrecogida en torno mío. Estaba completamente sola. Cobré ánimos, y, dando más firmes inflexiones a la voz, continué declamando:

No era la alondra, sino el ruiseñor cuyos trinos has oído.

Oculto, en las ramas de un florido granado, canta sus cuitas a la noche.

Era el ruiseñor; te lo dice tu Julieta.

Me detuve jadeante. Pareciome haber oído el rumor de una ventana que se abría. No vi nada. Todo continuaba tranquilo y solitario. Oyendo mi propia voz, había experimentado un deleite sin igual. Y proseguí recitando fragmentos de la tierna tragedia.


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