Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Vencidos los primeros impulsos de mi timidez, ebria con la melodÃa de mi voz, imprimÃa a las frases toda la expresión de que era capaz.
Recordé lo muy inspirada que la Siddons habÃa estado, cuando, reconociendo su error, se le descubre el peligro que, por su amor, se cierne sobre Romeo, y exclamé, con acento de terror, no menos vibrante que el suyo:
¡Oh, no, me engañaba, Romeo, es de dÃa!
¡No pierdas un instante; huye, huye, amor mÃo!
Era en verdad la alondra cuyo ingrato canto amenazaba nuestros indiscretos amores.
Era el astro del dÃa, triunfante de la noche, que se asomaba en Oriente.
¡Huye, Romeo mÃo, huye!
No bien habÃa pronunciado estas palabras, oà una voz que exclamaba: «¡Bravo!» seguida de aplausos que estallaron hacia el lado donde habÃa percibido el abrir de una ventana.
Lancé un grito, corrà a mi aposento, y, cerrando la puerta, me desplomé, temblorosa y agitada, sobre un canapé.
HabÃa creÃdo estar sola, y me equivocaba. TenÃa un auditorio.
¿Quién lo componÃa?