Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Estaba tan absorta en mis cavilaciones, que no me daba cuenta ni del camino que habÃamos recorrido ni del tiempo empleado en recorrerlo, cuando el coche se paró.
Estábamos a orillas del rÃo, a poca distancia de un soberbio barco de guerra.
¿Éramos esperadas? No lo sé, si bien después ha cruzado frecuentemente por mi cerebro la sospecha de que era cosa convenida de antemano entre el comodoro y Amanda.
Apenas pusimos pie en tierra, un bote se destacó del Théseus, y, tripulado por seis remeros, vino en dirección a nosotras. Todo era tan nuevo para mà y habÃa pasado por tan diversas emociones, que este detalle se me escapó en aquel precisó momento, y solo reparé en él algún tiempo más tarde.
Poco después estábamos a bordo del buque.
Lo primero que vi, al subir la escalera, fue al pobre Ricardo, vestido ya de marinero, el cual, acercándose a mÃ, me dijo con voz suplicante:
—¡Ah, señorita Emma! compadézcase usted del infortunado Ricardo.
No alcanzaba a comprender cabalmente el porqué de la influencia que se me atribuÃa; pero tenÃa el cuitado un aspecto de tan honda aflicción, que le prometà hacer por su causa todo lo que de mà dependiese.