Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Un guardia marina le dio un brusco empujón, para apartarle de nosotras, y nos acompañó al camarote de Payne.
Este camarote era uno de los más suntuosos gabinetes que haya visto jamás, ni siquiera en la época de mi trato familiar con una reina.
Envuelto en rica bata de tela china, estaba sir Juan Payne entregado a la lectura, hundido en un diván turco recamado de flores de oro, el cual diván tenía por base dos cañones de bronce brillantes como el sol.
Se volvió hacia nosotras con la negligencia de quien recibe una visita inesperada; pero, al advertir que las visitantes eran dos mujeres, se levantó.
Le dirigí una fugaz mirada, que, no por fugaz, me impidió verlo todo.
Sir Juan Payne era un bizarro oficial de treinta a treinta y cinco años. En tan moza edad, el grado que había alcanzado debíalo seguramente más bien a su cuna y a su fortuna, que a méritos contraídos en su carrera de marino. Tanto su persona como los objetos que le rodeaban, exhalaban, por decirlo así, un perfume de suprema aristocracia.
Amanda, anegada en llanto (poseía a maravilla el secreto de dar curso a las lágrimas), se arrojó a sus pies, o mejor, hizo ademán de arrojarse; pero, él la contuvo, y le preguntó el motivo de su visita.